-1-

Hace ya media hora que el sol desapareció tras las Cíes, enmarcadas a contraluz en la ventana, y Luis se da cuenta de que empieza a resultar demasiado complicado seguir la partitura. El cuarto, en el que se amontonan apenas un piano, algunos muebles y una estufa, solo cuenta con una bombilla incandescente de 60 vatios que, más que alumbrar, tiñe la estancia con un enfermizo halo ambarino. Además, los vecinos de abajo deben estar a punto de llegar a casa, como siempre dispuestos a protestar por el sonido del piano y relativizar con el mayor de los descaros los 70 decibelios a los que atrona el serial de la noche en su flamante Blaupunkt Granada de contrabando. Teniendo en cuenta todas estas circunstancias, Luis decide que es mejor dar por concluido el trabajo. Se frota los ojos, bosteza ostensiblemente, se levanta, enciende un cigarrillo y se acoda a fumar sobre el alféizar de la ventana central de la galería de madera.

La claridad del día huye hacia el oeste dejando a su paso a un frío resplandor violáceo que parece mantener el día en un largo calderón. Chirrido metálico de rodillos envolviendo toldos, estruendo de celosías cerrándose, traqueteo de cajas que los tenderos retiran de las aceras, aroma denso y salado de bajamar. Es el momento del día a partir del cual la devoción se superpone a la obligación. Comienza el tiempo para soñar con una identidad propia, con librarse para siempre del madrugón, del patrón, de la hernia discal provocada por tantas horas encorvados sobre la cadena de montaje, de los pies machacados por ocho horas de pie tras un mostrador, de los rigores del andamio, de las manos agrietadas por el jabón de sosa y la lejía. Apuran el paso para no perder el tranvía o pasean distraídos ante los escaparates tras los cuales brilla el nombre del establecimiento escrito en neón rojo con letra de cuaderno de caligrafía. Como polillas alrededor de un candil, los caminantes van formando y descomponiendo pequeños grupos ante las lunas. Unos solamente buscan un punto de encuentro en el que resultar fácilmente visibles; otros comprueban en su reflejo que la falda esté a la altura debida o que el nudo de la corbata se ajuste bien al cuello de la camisa. La mayoría se detiene un momento a desear zapatos, sombreros, abrigos, camisas, cacerolas, transistores a pilas o cualquiera de los objetos que conforman el abigarrado universo al otro lado del cristal. La luz dorada que surge de esas ampollas rellenas de tiempo inerte se suma al esfuerzo inútil del alumbrado público por engañar a la noche.

Más allá del edificio de la Telefónica se divisan ya los reflejos de los cientos de luminarias que bordean la costa. En la puerta del Cine Odeón se agolpan parejas de sombreros y rebecas, de gabardinas y chaquetillas de manga francesa; es la hora del te quiero, de las miradas veladas, de los roces furtivos, del cuando encuentre algo mejor, Lurditas, te juro que ponemos fecha, del por ahora nos arreglamos en este piso hasta que lleguen los niños, de la esperanza y la ilusión, de la evasión y también del desencuentro.

ManuelcastroLuis apura las últimas caladas del cigarrillo y lo aplasta enérgicamente sobre el cenicero. Luego cierra la ventana, descuelga el gabán de la percha, se pone el sombrero y sale del apartamento. Al llegar a la calle, con un gesto cinematográfico, se emboza con las solapas de la gabardina y echa a caminar con parsimonia, disfrutando de la atmósfera pausada y fresca de la noche incipiente. El vendedor de periódicos baladra a pleno pulmón su peculiar eslogan: “¡prensa de Madrí…! ¡As!”, en un esfuerzo por colocar todo el género antes de que pase al último tranvía de regreso al Calvario. Más por contribuir a la causa que por interés, Luis le compra un Faro que pliega mecánicamente y guarda en el bolsillo de la gastada gabardina hasta que el temor obsesivo de que este se deforme o se descosa le hace decidirse a llevarlo bajo el brazo. Se le antoja tomar algo caliente y decide entrar en un café. Desde la radio, la voz de un espíquer trata de dibujar en la imaginación de los presentes las jugadas del Real Madrid en algún estadio allende los Pirineos; a juzgar por el florido repertorio de epítetos con que el enardecido locutor adorna la narración, pareciera tratarse de alguna gesta épica digna de El Cid y no de un simple partido de fútbol. Toda la clientela, en completo silencio, está pendiente de la letanía del comentarista hasta que tiene lugar una repentina algarabía y uno de los presentes sale exultante a la calle anunciando a los transeúntes, a voz en grito, el hecho heroico del que acaban de ser hertzianos testigos:

 

  • ¡Marcó el Madrí! ¡Marcó Di Stefano! ¡Tres uno! ¡Venga, que remontamos!

Luis pide un café con leche, ajeno a los análisis de la jugada que media docena de parroquianos, – disputándose la cátedra de balompié local a base de intentar imponerse al alboroto simultáneo de la radio, la máquina de café y los otros contertulios -, desarrollan como si ellos mismos hubieran estado a pie de campo. El llanto de un crío de unos 8 años se suma a la barahúnda general.

  • Coño, Piñeiro, ¿qué tiene el chaval? Fernandito, ¿qué te pasó, machiño?

  • ¡Qué le va a pasar! Que me lo asustó el energúmeno este al salir a la calle como una centella responde el padre de la criatura.

  • Me parece a mí que lo que tiene es que salió un poco parviño el pobre confidencia el camarero a Luis al tiempo que le sirve el café.

Entre el grupo de expertos destaca por su vehemencia un hombre al que le falta la mitad de su pierna izquierda.

  • ¡Qué sabrás tú de fútbol! ¡Ni puta idea tienes! – recrimina este al tal Piñeiro, un tipo recio de pelo engominado y meticulosamente peinado hacia atrás. Como no fuera jugando al futbolín no viste una pelota delante en tu vida.

  • Sabes tú, ¿no? responde ofendido el repeinado.

  • Pues sí, sé, ¿qué pasa? Ríete tú de Gento si no llego a estar donde nadie me mandaba justo cuando al parvo de Lence se le ocurrió en el 36 la machada de quitarle el bando de las manos al perrito faldero de Carreró. No sé si la bala era para ellos o para nosotros pero el caso es que me jodió bien jodido. ¡Moncho! Tú que sabes de lo que hablas, no como toda esta panda de tuercebotas; diles aquí cuando es orsay y cuando no a estos petardos.

De pronto el niño, que por fin ha dejado de llorar, sale corriendo a la calle gritando “¡marcó el Madrí!, ¡Marcó el Madrí!”. Luis mira al niño, mira al camarero, esboza una mueca a modo de sonrisa y, en silencio, despliega el periódico encima de la barra.

  • “¡Chis! ¡Callarse, coño, que no escuchamos!”, impone el barman con la autoridad que se le supone a su profesión y logrando que la concurrencia retorne al silencio sepulcral en que parecían vegetar unos minutos antes.

 

 

-2-

Era uno de aquellos domingos de pollo en salsa de perdiz, sobremesas de Bonanza y tardes de botellín, bocadillo de jamón y partido televisado. Debía andar yo por los 8 años y, como siempre, antes de la primera chiquita, pasamos por el quiosco del bulevar del Paseo de Alfonso (en realidad el XII, pero como a ninguno de los 11 restantes se le había dedicado otro, se quedó en Alfonso, lo cual suscitaba no pocas dudas a propios y extraños sobre quién sería el tal Alfonso y qué habría tenido de especial el paseo que decidió disfrutar quién sabía cuándo) a comprar el Faro para mi padre y un tebeo para mí. Supongo que lo del tebeo era para mantenerme entretenido y que diese la lata lo menos posible mientras mi padre se entregaba al único recreo que podía disfrutar de verdad en toda la semana: la chiquita y la tertulia. Siendo yo como era de naturaleza distraída y capaz de destinar más de un cuarto de hora a observar el vuelo de una mosca, el tebeo no era necesario pero en mis manos se convertía en un agujero de gusano que conectaba directamente con mi propio universo paralelo. Y él lo sabía. A veces, – todavía no sé hoy si por afán pedagógico o para que me durase más la distracción -, me compraba una de aquellas novelas en formato cómic de la colección Joyas Literarias Juveniles o bien, si la ocasión lo merecía, un libro ilustrado de la Colección Historias Selección.

Supongo que no había reparado hasta ese momento porque el quiosquero solía permanecer detrás del mostrador cuando nos atendía pero, no sé por qué razón, ese día todavía estaba colocando la mercancía cuando llegamos, así que por primera vez me fijé en sus piernas: rígidas, chirriantes, ¡metálicas! Nunca había visto nada semejante y me quede mirándolas fijamente. Mi padre se dio cuenta de que mi sorpresa iba más allá de mi pasmo habitual, así que se adelantó a la pregunta que sabía que, más pronto o más tarde y con toda probabilidad en el momento en el que menos viniera a cuento, iba a hacerle:

  • Se las llevó un tranvía dijo.

Y luego, anticipándose a mi exacerbada intolerancia semántica, aclaró:

  • Se las amputó. Se las cortó.

  • ¿Y cómo fue? pregunté esperando alguna narración épica.

  • No sé. Se cayó delante cuando pasaba, me parece. Hace bastante de eso. Antes traía a las chavalas de calle, el pobre.

Mi curiosidad por los hechos duró lo que tardamos en llegar al Tres Ventanas, primera estación del viacrucis dominguero que continuaba, en riguroso orden y con sus respectivos determinantes, en el Casanova, La Mina, la Guapa, La Piedra y el Chavolas (con uve). Supe tiempo después que esa fijación con la secuencia de las paradas tenía su razón de ser: saber, en función de la hora que fuese, en qué taberna estaba la pandilla. Todavía tardarían muchos años en llegar los teléfonos móviles.

-3-

Luis apura el café y se despide de los presentes, quienes continúan en la misma actitud expectante que solo abandonan para proferir, a coro, algún encendido uy o ay. Sale del bar, sube hasta la calle del Príncipe y camina entre la llovizna en dirección a la Puerta del Sol. Oye una voz que lo llama:

  • ¡Luis! ¡Sito!

  • ¡Coño, Andrés! ¿Qué es de tu vida? le saluda Luis. Hacía mucho que no oía a nadie llamarme Sito…

  • Bah, para mí siempre serás Sito, ya sabes. Bueno, y ¿qué tal te va? Hace años que no nos vemos. Claro, yo ahora, estando en Madrid…

  • ¿En Madrid? ¿Qué te traes tú en la capital, fenómeno? se sorprende Luis.

  • ¿No sabías? Al final conseguí plaza en la Nacional; estoy de tercer atril pero bueno, pagan responde Andrés -. ¿Y tú?

  • Nada macho, yo aquí, malviviendo de las clases particulares, de hacer jingles para la radio y de las propinas de los pocos conciertos con mi orquesta de cámara, mal pagados aunque bien cenados; ya sabes, parece mentira que sean ustedes aficionados y todas esas cosas.

  • Aficionados; hay que joderse declaró Andrés ofendido -. El primero de la clase en armonía y composición durante todo el grado superior.

  • Ya sabes cómo va esto. Aún me parece estar oyendo a mi padre decir aquello de “lo único que tienes que hacer es contar cuántas orquestas profesionales hay en España: dos.”

  • ¿Y no te has planteado preparar oposiciones?

  • Ni de coña. A la segunda página del Fuero de los Españoles ya estoy deseando abrirme las venas responde Luis arrugando un poco la frente.

  • No hombre, digo para el conservatorio este que acaba de abrir el ayuntamiento. De hecho, sabiendo cómo va la cosa municipal, más que preparar oposiciones hazte con un buen jamón.

  • No tendrás una idea de con quién tengo que hablar, ¿no? Por lo del jamón, digo. A ver si lo prefiere de A Cañiza o de Teruel…

  • Pues en ese entorno no conozco a nadie, la verdad. Pero bueno, esto es pequeño; pregunta por ahí y seguro que alguien del mundillo sabe quién está cortando el bacalao en ese asunto dice Andrés -. Si me entero de algo, ¿te escribo donde siempre?

  • Pues sí, por favor. Te estaría muy agradecido, de verdad.

  • Venga, pues quedamos en eso; si me entero de algo te lo cuento. Oye, que me alegro un montón de volver a verte. Venga ese abrazo.

  • Venga. Me alegro de verte yo también. Cuídate mucho le contesta Luis al tiempo que se abrazan y se intercambian recias palmadas en la espalda.

Se queda meditando sobre lo que acaban de hablar. Desde luego, no van a aparecer muchas oportunidades así en esta ciudad; una vez que estén las plazas concedidas, de ahí no se marcha nadie hasta la jubilación. El caso es saber quién está al frente de todo eso del conservatorio e interesarse por su salud, por el Movimiento, por la Iglesia, por Dios, por Franco y por España, una, grande y libre. Si lo hacen bien, lo cual sería toda una novedad, habrá oposiciones. Pero por esa parte no tiene otro problema que estudiarse la legislación; todo es ponerse.

Continúa caminando de vuelta a casa rodeando la manzana por Policarpo Sanz y volviendo a subir por Colón. Piensa en los pasos a dar, a quién preguntar… Llega a casa entusiasmado con el proyecto y decidido a empezar a mover piezas por la mañana sin dejar pasar un solo día más. La calle está prácticamente desierta y el bajón térmico se nota en el mal aislado apartamento. Se quita el gabán y se pone una bata; no se escucha el serial desde el piso de sus vecinos. La soledad hace que el silencio se le atragante y le deje a merced del ruido de su propia mente; un ruido que lo está matando cada día, poco a poco, como un veneno de acción retardada. Tras una cena ligera a base de tetilla y membrillo, se acuesta. La sucesión de ideas y planes le hacen dar todavía bastantes vueltas en la cama antes de conciliar el sueño.

Aún no salió el sol. Suena el despertador, lo apaga y se incorpora. Se sienta al borde de la cama haciendo gemir el cedido somier de muelles; siente un escalofrío y se viste la bata. Un cigarro, luego el consabido vaso de agua, que sale helada del grifo, y un café con leche bien calentito. Para mojar, pan de ayer. Se asea, se viste y se pone el gabán; hoy decide envolverse el cuello con una buena bufanda antes de salir a la calle a recibir el día, lleno de ganas y de esperanza. Empezará por hablar con el secretario de la Filarmónica; con toda seguridad sabrá dónde hacer palanca. Decide visitarlo en la Caja de Ahorros, donde trabaja. Se dispone a cruzar sorteando un camión de gaseosas estacionado en doble fila y un repentino golpe de viento le tapa la cara con la bufanda en el mismo momento en que pasa el tranvía del Calvario. Acierta a verlo y se tira al suelo hacia adelante para evitar el impacto pero no puede evitar que el vehículo le tronce las piernas por encima de las rodillas.

-4-

Han transcurrido dos años desde que llegó aquí trasladado desde el recién estrenado Pirulí, donde apenas consiguieron contener la hemorragia y estabilizar sus constantes vitales. Este es el mejor hospital de España en cirugía ortopédica y tuvo suerte de que aceptaran el caso tratándose de un civil. Parece ser que la dirección de Tranvías tuvo algo que ver. Solo hace un par de semanas que camina apoyándose en dos muletas y en sus prótesis de acero color carne que tendrá que engrasar semanalmente. Gracias al respaldo de Don Francisco García, director del centro y melómano militante, ha tenido todas las atenciones que podría necesitar pero ninguna de ellas puede devolverle su interés por la vocación que había llenado su vida. Hay quien le asegura que, con entrenamiento, podría accionar los pedales del piano pero nadie puede convencerle siquiera de intentarlo. Si ya antes no le iba demasiado bien, ahora que ha perdido la oportunidad de acceder a una plaza de profesor sería todavía peor. Además, ha tenido mucho tiempo para convencerse de que la música ha sido más una fuente de frustración que de satisfacción. Toda esa lucha estéril, todas esas horas de ensayo, todo ese trabajo mal pagado y peor valorado en un país en el que todo lo que tenga que ver con la cultura es sospechoso; toda esa ingratitud por parte de una profesión en la que es más fácil suscitar la envidia por estar donde otros hubieran querido llegar que alcanzar el éxito llegando adónde siempre hubieras querido estar. Nunca las dos cosas al mismo tiempo.

Mientras espera por el taxi que lo llevará a la estación repasa la carta de recomendación del Dr. García para su amigo el Jefe de la Delegación Provincial de Sindicatos. En ella le pide que haga lo posible por ayudar a Luis a obtener la concesión de la explotación de un quiosco municipal de reciente construcción y que “toque las teclas que puedan accionar el mecanismo legal a su favor, por supuesto sin comprometer en lo más mínimo su ilustre posición y renombre”. La carta acababa en un enfático arriba España, arriba Franco, arriba el Movimiento Nacional.

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Para una mente tan extremadamente fantasiosa como la mía una realidad tan dramática no se correspondía emocionalmente con las prosaicas explicaciones de mi padre y, por otra parte, no dejaba de maravillarme con la forma en que el hombre se desenvolvía con sus prótesis. Así que mi infantil incapacidad para dimensionar el trauma que había padecido aquel buen señor me llevaba a enmarcar la situación en diferentes tramas imaginarias que variaban en función de lo que acabase de leer o de ver en la tele. Un día, mientras esperábamos a que nos atendiese, pasó un tipo con un transistor en la oreja, berreando “¡Pierde el Valladolid! ¡Dos cero!”. El quiosquero se quedó absorto por un momento; luego reaccionó y con la mirada perdida dijo para sí:

  • Solo recordamos a quienes lo consiguieron, no a quienes lo intentaron.