Campanada. Eco obstinado de una pregunta, – “¿quién soy?” -, con mil respuestas. Vivida la vida de un desconocido. ¿Vivida? Hoja púrpura de álamo a la deriva en el estanque al otro lado de la ventana. Aprendemos a cuadrar cuentas, a sufrir la penitencia de la vanidad ajena: no nos dejes caer en la decepción, amén.

Tres hermanos. Ramona: una buena dote y ajuar completo, buen marido apalabrado.

Campanada. Debo prepararme. Me dejo hacer, como siempre. Me adornan, me purifican, me cargan, otra vez, de vanidad. Vanidad humana en el nombre de Dios. Oro arrancado de la tierra, en el nombre de Dios. Gemas lavadas con sangre de miserables. En el nombre de Dios. Deriva. La orilla se encuentra, no se busca. Si la buscas lo más probable es que te ahogues.

Julito: granja con 200 vacas y contrato por diez años con la planta envasadora.

Campanada. Comitiva a través de pasillos interminables. No sé quién es el que va en el centro, cargado de ceremonial, oropel y lujo. ¿Quién es ese que provoca en los demás ese rictus de condescendiente gravedad mística? ¿Por qué todos los que se cruzan con él genuflexionan?

Antonio, el futuro asegurado: el seminario pagado, con todos sus gastos de manutención, y una modesta asignación para lo que pueda necesitar.

Me siento. Espero a que me llamen por un nombre que no reconozco. Como todo en mi vida, me vino dado. Para una vez que creía haber podido escoger algo resulta que no, que fue un tal Espíritu Santo que me inspiró. Libre albedrío. Y una mierda.

El protodiácono se asoma místico al balcón, exclamando ceremoniosamente: “Habemus Papam”. Clamor. Campanas al vuelo.

Me levanto y me acerco. Alguien escribió un discurso. Sería el Espíritu Santo. Yo, Antonio, hijo menor de Cayetano Molares, no sé siquiera cómo he llegado hasta aquí. Salgo al balcón. Clamores, bendiciones. Show must go on.