Ya lo había probado prácticamente todo. Su vida había transcurrido como en un túnel del tiempo, siempre de huida en huida, siempre buscando la forma de cambiar tres futuros improbables por un presente al que no pertenecía. Se había salido de la pista. En una de aquellas curvas cerradas que delineaban el trazado de su vida, perdió el control y se salió.

Todo parecía ser búsqueda y descubrimiento, redescubrimiento, rebúsqueda y vuelta a empezar. La epifanía de hoy era la decepción o la consulta con la almohada de mañana. En el proceso se había quedado sin salidas y sin combustible. Ninguna de las que habían constituido durante los últimos 35 años sus salidas de emergencia eran ya alternativas plausibles. Ni siquiera toleraba los viejos carburantes tan efectivos otras veces: ya no soportaba el alcohol, un incipiente cáncer le hizo dejar el tabaco y el vergajo mortecino y frío que colgaba entre sus piernas hacía más de 15 años que solamente servía para identificar su género. Había dejado pasar demasiadas vidas desde las últimas veces en las que hizo algo que le hiciera sentirse vivo.

Se había entregado a la mímesis absurda en aras de una presunta supervivencia que jamás pasó de presunta. Su caso constituía el paradigma de esa creencia popular que dice que la vida es puro teatro. Cada nueva cirugía existencial y ocupacional iba acompañada de su correspondiente set de matrículas en carreras que nunca se acabaron, cursos de títulos impronunciables que nunca llegó a comprender, alardes editoriales en tono de experto elaborados con remiendos escritos por otros, nuevos contactos, eventos, certámenes, foros… Era el único que parecía creerse que era pero los que sí lo eran jamás lo aceptaron entre ellos ni él logró nunca representar un papel verosímil. Así, en su vida formó parte de nada y a nadie podía culpar de ello. Se había pasado el tiempo huyendo de todo, de la familia, de los afectos, de los compromisos personales, de sí mismo. Y ahora, solo quedaba el vacío. De este no podía escapar.

La sensación de conocer las motivaciones de unos y otras, de prever qué pasaría después de tal o cual hecho, la inutilidad de cualquier movimiento, la futilidad de todo y lo volátil de la vida le dejaban en un purgatorio insoportable que consistía en no estar muerto pero ser consciente de no poder vivir. La verdad no le hacía libre sino que lo inmovilizaba todavía más. Descubrir que jamás había sido auténtico le hacía sentir la más cruda de las vergüenzas y recordar la arrogancia que le llevó a desperdiciar las mejores oportunidades, ya irrecuperables, le hacía desear desaparecer, que se lo tragase la tierra.

De alguna manera, lo estaba logrando. Su empeño en hacerlo respondía en realidad a esas causas oscuras, algo que nadie llegó nunca a saber. Pero eso no lo mortificaba tanto como el vacío que sentía bajo los pies, como si la Tierra fuera en realidad plana y se hubiera salido del mapa para quedarse flotando en un punto olvidado y muerto del universo. Preguntarse hacia dónde ir cuando flotas en el espacio, sin arriba ni abajo, sin sur ni norte, es completamente inútil. Y absurdo. Esa era su realidad.

Sentía que todo el atrezzo que decoraba su pasado no existía; o no lo recordaba, o, como todos los recuerdos, era un conjunto estúpido de trazos discontinuos o bien, en efecto, el tiempo, en forma de progreso o de deterioro, se lo había llevado por delante. Quizás no había existido nunca, lo que le aportaba a su vida un halo de irrealidad que le hacía sentirse como si acabase de despertar de un largo coma. Se había pasado las tres cuartas partes de ella soñando, convencido de su viabilidad, – just do it -, de que podría tener un ático en la ciudad y una pequeña casa con huerto en la costa. Una vez que todo se volvió claro, cuando salió de la catalepsia existencial de medio siglo y solo había espacio en su cerebro para la razón, una vez que desalojó la pasión, la fantasía, la emoción y la fe, se dio cuenta de que esa vida en el país de Nunca Jamás nunca, jamás, será la suya. Recordó que su madre, aún a los 97 años, seguía esperando que le tocase la lotería para arreglar la casa familiar que llevaba 30 años en ruinas. Nunca quiso desengañarla; ¿para qué dejar a la pobre mujer sin sueños, quizás los únicos pensamientos que le motivaban para levantarse de la cama cada día? Él había asesinado a los suyos y para él nunca volvería a ser mayo pero no todos tenían por qué hacer lo mismo.

Quisiera para sí saber qué querer. Desearía tener la trompeta de Josué y parar el sol, resetear el universo y saber en dónde estaba él y hacia dónde se dirigía. ¿Quién es capaz de hacer un mapa de un montón de escombros arrojados sin orden ni criterio durante 50 años? Solo eso quería, saber adónde le llevaba el tiempo. Demasiado temprano para apagar las luces, demasiado tarde para empezar el primer acto.

– ¿Y qué hizo con todo esa escoria? Las circunstancias son las que otorgan contenido a la existencia. ¿Qué esperaba?- preguntó Don José.

– ¿Perdón?- respondió Antonio sorprendido.

– Sí, vale, es un discurso muy literario y artístico, muy snob, que diría él, – tan snob, por otra parte -, pero parece como su hubiera nacido por accidente, que padeciese un pesimismo y una zozobra tan de nacimiento que una muerte prematura fuese la única salida coherente y no es cierto. No siempre estaba tan perdido. Ni tan triste – interpeló Arthur. La voluntad de vivir sostiene incluso a los más desencantados.

– Quizás si me dejarais acabar…

– Acaba, hombre, pero a ver si le das un poco de vidilla, al pobre – dijo René con hastío.

– Quisiera para sí…

– Eso ya lo leíste. Empieza después de “primer acto” – corrigió Charles.

– Ah, sí, perdón.

Cayó en el inútil consuelo de los pobres de espíritu: creer en la esperanza, ser optimista y ver valor donde no había nada. Consideró que haber sido por fin consciente de su extravío existencial era ya un buen punto de partida para encontrar un sentido a la vida, una razón para levantarse cada mañana. Y se dejó llevar. Hurgó con escatológico morbo en las llagas del fondo de su desesperación intentando encontrar en que cruce de caminos se había perdido para retomar todo desde ahí. Encontró tantos que le resultó imposible conciliar cuál de los caminos no elegidos podía haber sido el bueno. No se reconocía en nada. Sentía que la existencia se despojaba del último velo y se plantaba ante él en pelota picada, libre de magia y erotismo, con toda su descarnada crudeza. ¿Podía ser aquello su peculiar tránsito hacia la madurez, su viaje iniciático hacia la realidad inevitable? Estaba enfermo de racionalismo, de humanidad, de sentido común y de asco de sí mismo. Y como hacen con todos los infectados de la enfermedad de la vida los médicos convirtieron la personalidad en síndrome y la trataron con emoticidas. Los sacros maestres de esta sociedad anónima.

Víctima de un optimismo maniático se dijo que empezaría de cero, cerraría los ojos y encontraría, más que buscar.

– ¿Funcionó? – Charles de nuevo.

– Bueno, en realidad seguía siendo una ilusión de control, no un control verdadero. Pura obsesión compulsiva narcisista. Muy narcisista – aclaró Antonio. Sigo

Eligió el modelo taoísta – epicúreo de la existencia: no hagas nada, lo que tenga que ser, será. Pero no fue. Horas ante la tele y los libros le llevaron a una zozobra aún peor, a la angustia de perder un tiempo que volaba con más rapidez a medida que se acababa, como la arena de un reloj. Era cada vez más consciente de que la muerte le alcanzaría pensando qué hacer con su vida. ¿Esperaría ella al menos a que se decidiera, aunque ya fuera inútil?

– Podías haber tirado menos de cliché, tío, ¿No había otro símil? – Michel indignado.

La urna de cristal alrededor de la cual se sentaban se quebró con un estrépito que despertó al eco de la tundra, desierta, como a la espera de que algo suciediese en medio de aquel inusualmente largo crepúsculo. Se quedó solo. Esperó el tiempo suficiente como para sospechar la llegada del ocaso. Siguió leyendo.

A su padre nunca le dio la oportunidad de conocerlo. Simplemente levantó un muro de hormigón entre los dos; tú aquí y yo allí. Así creció el uno y envejeció el otro, ignorantes recíprocos de sí mismos y del sufrimiento que esa ignorancia del otro despertaba en cada uno.

– Siempre fue por libre en la vida; era como si el mundo entero fuese tan estrecho que la gente no le dejase espacio para moverse ni silencio para pensar ni tiempo para existir – dijo su padre.

– Papá, – preguntó -, ¿existe?

– No lo he visto nunca.

– ¿Y por qué estás tú aquí? ¿Existes?

– Solo hasta el ocaso.

– Cuando te fuiste, el chaparrón de emociones fue tan devastador que aún hoy el sol no ha podido secar el suelo.

– Lo sé – concluyó el padre.

Se quedaron en silencio contemplando el páramo nevado interminable y majestuoso. Dos niñas se acercaron curiosas. Ignorándolas, siguió narrando su historia. A su lado un hombre fuerte, barbudo y un poco achaparrado manipulaba una herramienta intentando recomponer la urna.

Sufrió como la gata recién parida cuando le retiran sus cachorros. Sufrió tanto que nunca más pudo seguir creciendo. Nadie sobre la tierra podía entender que un padre sintiera como una madre en lugar de comportarse como un padre. El mundo no estaba hecho para tales ambigüedades, o eres oso o eres foca, noy hay focas que coman osos. Que ellas le exigieran ser oso es algo que nunca pudo encajar. La historia se repetía, otro muro más entre él y ellas; el espacio se reducía: una muralla entre él y el mundo, otra entre su padre y él, otra entre él y ellas…

– Todos los muros tienen un punto débil. Es una cuestión de fisica. Verás, la resistencia del muro viene dada por su centro de gravedad. Más ancho es igual a más estable, cuanto más alto, mayor la probabilidad de que se venga abajo – dijo el hombre de la barba cerrada.

– Por eso caíste tan pronto. De puro inalcanzable. Tú no levantabas muros, te subías a ellos – respondió Antonio.

– Desde allí arriba la vista alcanza más lejos. Siempre supe que nunca llegaría cruzar esa distancia pero me bastaba con ver la Tierra Prometida. Al menos eso le daba una orientación a mi día a día. Él solo se movía en el espacio que las paredes delimitaban, como en un laberinto imposible en el que el Minotauro fuera él mismo y Ariadna… ¿Qué pasó con Ariadna?

– Hubo alguna que otra imitadora. Unas no tenían hilo, otras no tenían ni idea de cómo usarlo, otras no quisieron hacerlo y la mayoría no sabían donde estaban. Luego llegó ella, la Ariadna real, pero ni todo el hilo de mil ruecas podría haberlo sacado del laberinto; este crecía levantando una nueva muralla cada vez que creía encontrar la salida. Y él solo deseaba llegar al cabo final y cruzar con ella la tundra hasta la región más solitaria para compartir la nada y contemplar la eterna puesta de sol desde su cabaña hecha de retales de las cosas que amaban. Un montón de gatos les acompañarían para siempre. Encontrarían un lugar tan lejano que las voces de los hombres no llegarían a él.

– Las hijas nunca entran en esta historia. No me parece justo – dijo una de las chiquillas.

– Toda aquella estéril pompa intelectual no le hacía mejor persona. El problema estaba ahí, que él estaba convencido de que la forma de crecer era acumular conocimiento y, además, – qué patético -, hacer alarde de él en cada ocasión. Si esta no se daba, él la ponía de su bolsillo – comentó la más pequeña de las dos.

– Parece como si todos ellos temieran acercarse. Eran como imanes con los polos iguales, más se acercaba él, más se alejaban ellas. Y viceversa. Él se empeñaba en sufrir por una culpabilidad cuya razón no acababa de encontrar, lo cual le provocaba más angustia. Ellas se debatían entre el necesitarle y responsabilizarle de todas sus frustraciones. Absurdos círculos viciosos de ansiedad y dolor.

– Ni él se ocupó de representar un papel diferente que el de sí mismo. Ocuparse de sus obligaciones para con los demás no entraba en sus planes. Y para él ni siquiera ellas parecían merecerlo – respondió la mayor de las chicas.

– Y sin embargo ellas eran la llaga que nunca se cierra, la incógnita imposible de despejar en la ecuación de su vida.

La soledad se sintió fría, espesa, durante algunas horas. El sol apenas se había movido unos milímetros.

– Sabes el final de esta historia, ¿verdad? – le dijo un hombre de entradas muy pronunciadas vestido con un traje gris muy clásico; su acento delataba un origen de tierras rojas pobladas por gentes duras acostumbradas al frío y la escasez -. Puede ser diferente para cada uno pero siempre llega cuando menos lo esperas y en el momento más inoportuno – completó.

– No sé si me interesa conocerlo. Crecemos sin conocer nuestro principio; nos lo cuentan pero no lo hemos vivido, no está en nuestros recuerdos y por tanto no forma parte de nosotros sino de los que nos precedieron; solo sabemos de él a través del anecdotario familiar. Si el principio no forma realmente parte de nuestra consciencia, ¿por qué habría de hacerlo el final? También nos lo perdemos. Cuando llega, simplemente sucede; no experimentamos la vivencia de ese final porque si la hubiera es que no sería un final. ¿No es eso eternidad? Ni final ni principio. Y sin embargo solo vemos la naturaleza de lo efímero.

– No sé, yo estaba convencido de poder elegirlo, como en esas novelas y películas con finales alternativos. Creí que podría decir “ahora sí, ahora ya lo tengo todo atado” y sin embargo, ya ves, me pilló… fue como uno de esos retortijones que te dan en medio de la calle y no sabes si te lo harás encima o encontrarás algún sitio donde poder agacharte y aliviarte. Solo que con este tipo de retortijón nunca encuentras un váter – afirmó el hombre de campo vestido con traje clásico y entradas pronunciadas.

– Yo lo estuve esperando, pidiendo que viniera de una vez y me hizo esperar más que a nadie. El muy cabrón. No existe una sola historia que no acabe pero lo malo es que algunas acaban apenas empieza el primer capítulo y otras se alargan como novelas de Tolstoi, o Lo que el viento se llevó – comentó una anciana.

– El siempre se sintió amado por su madre pero ella se apartaba de él como si temiera contagiarse de su vulnerabilidad. Nunca le dio un cariño, una caricia un beso, hasta que él era ya un adulto y ella una anciana. Sabían lo que eran el uno para el otro pero no estaban dispuestos a pasar por el esfuerzo de desmontar la coraza que los protegía del mundo exterior.

– Eso porque lo dices tú. Con las hermanas nunca tuvo ese problema – dijeron a coro tres mujeres maduras que no dejaban de fumar mientras jugaban al parchís compulsivamente.

– Es que creo que no le dejaron tenerlo. Simplemente se lo iban pasando de una a otra como una muñeca que les hubieran traído los Reyes Magos para las tres hasta que, como esa muñeca vapuleada de mano en mano, acaba aflojándose, estirando, perdiendo pelo, con un ojo torcido… y abandonado cuando deja de ser novedad y de hacer gracia. ¿Alguna vez le habían preguntado qué sentía? ¿Sabía él qué sentían ellas?

La soledad de nuevo. Silencio. Una ráfaga de aire helado del norte. De repente, el ocaso.