Hay un día para no hacer nada más que contemplar, sin intención, sin voluntad, como un acto reflejo: el viernes. A las 5 empiezo a vagar entre salas y no acabo hasta que los vigilantes vienen a echarnos a mí y a algún puñado multicolor de rezagados colgando de una cámara. Me gusta detenerme en las esquinas para poder tener varios cuadros a la vista y esperar a que algún detalle altere la planicie emocional en la que estoy permanentemente instalado. Cualquier cosa es susceptible de transmitirme, por un brevísimo momento, una pequeña descarga que me haga sentirme vivo y, aunque no creo que nada sea enteramente bello por sí mismo, un trazo, una figura, un paraguas, un rostro, el brillo de un reflejo, un comentario, puede revelar lo hermoso de las personas y los animales, de las ideas y de los objetos. El arte busca la llave que abre la cerradura de esa puerta a la verdadera belleza, la de las respuestas sin pregunta. Y ahí estoy yo, el observador paciente, esperando a que me hable.

Ella sigue ahí. Siempre está ahí. No sé muy bien por qué, ni de dónde salió, pero siempre está justo ahí, tres pasos por detrás de mí, silenciosa, expectante. Por momentos creo conocerla de antes pero enseguida me doy cuenta de que a fuerza de verla siempre no es extraño que me resulte familiar. Se ha convertido poco a poco en parte de esa colección de imágenes y objetos que configuran nuestra realidad. Si en algún momento, al girarme, no la encontrase, creo que moriría un poco porque así sucede con todas las pérdidas que, poco a poco, van matando ese vicio maligno que se llama esperanza, convirtiendo la existencia en un contar días vacíos llenos de ilusiones calladas, atenazados por el miedo a no ser aceptados o a serlo, exploradores sin mapa perdidos en la jungla de los afectos, distancia inabarcable entre antagonistas, atracción paradójica, vértigo inverso.

Llega el vigilante y nos precipitamos todos a la salida como borregos obedientes. Salgo a la calle y ella me sigue, vacilante al principio y resignada después; me sigue con su mirada implorante, no me dejes, parece decir, y en cada exhalación de su aliento forzado por intentar seguir mi paso deja una parte de su pasado para aligerarse y no perderme de vista, como movida por uno de esos impulsos ridículos de los que están llenos los amores de juventud. Y yo respiro también. Aspiro el aire frío, viejo conocido de medio siglo de experiencias en claroscuro. Y me imagino imaginando que no está ahí, que nunca la he visto o que es otra persona. Paso por delante de la taberna de Antonio. Tute de los domingos, tardes de ocio de adolescente pobre entre copas de ponche a cinco duros, de conatos de intelectualidad de amigos salidos, puteros, cargantes, condescendientes y por momentos amargos; como el lúpulo de amargos. Recuerdos a medio borrar. A menudo quise estar muy lejos, tanto que no me alcanzase ni la memoria de la gente, a un olvido de distancia de todos, y ahora es mi propia memoria la que se ha convertido en una colección de bocetos inacabados.

Nada me duele tanto como nacer de nuevo cada día, consultar el móvil que me dice quien soy, en que día y hora vivo y lo que tengo que hacer en cada momento. Ella se ha convertido en la única constante en una ecuación en la que todo son incógnitas y sin embargo quisiera girarme y que no estuviera. Quisiera gritarle, pegarle, amenazarla de muerte, cualquier cosa para que se vaya y forme parte también de las sombras que pueblan mi mente porque su eterna presencia me hace ser consciente de todas las ausencias.

Llego a la dirección que llevo anotada en el teléfono, la llave encaja y gira, subo las escaleras, creo reconocer mi puerta, abro y me asomo a la ventana. Ella espera un momento. Mira hacia mi ventana y se va. Mañana seguramente estará de nuevo ahí. Otra primera vez ahí.

Él era el norte y ella la brújula. Una vida en tercera persona: falta poco para que llegue, que querrá para cenar, nos mudamos, cambiamos el sofá, quiere, no quiere, conversación, silencio, risa, llanto.

Presencia y ausencia, noche para cada día, amanecer para cada noche, lienzo para sus colores. Días de rosas las mañanas de los sábados.

Luego, cada día más tarde la llegada a casa. Al principio cenas frías, luego trompicones de madrugada oliendo a alcohol . Quizás demasiadas cosas en la mente maltratada de un náufrago existencial que, a fuerza de ir de tabla en tabla llegó tarde al reparto de identidades, de ocupaciones y de dignidades. Y todo se normaliza y ella se hizo a las esperas frente a la tele, a los sueños lumbálgicos por entregas en el sofá, a vestirse un chándal a las 4 de la mañana para buscarlo y encontrarlo desorientado, ausente y borracho en cualquier esquina.

Se fue desdibujando el paisaje, aquel picnic en Madeira, la cena en la que nos conocimos , el olor de su primer apartamento. Al principio, el enfado; desinterés, se está olvidando de mí, esto se acaba, habrá conocido a otra o es solo el peso muerto de la rutina. ¿Mera abstracción de una realidad que no era la suya? Y un día el médico. Wernicke-Korsakoff, curioso nombre para una enfermedad causada por el alcohol. Bueno para una marca de vodka.

Y la realidad de los dos se convirtió en la realidad de cada uno. Ella no quiso vivir tan lejos de sus sueños. Vencida por la sordidez cotidiana cambió su papel de heroína en blanco y negro por un rol de figurante en tecnicolor. Y se fue. Y con ella se marchó lo que quedaba de una vida que ya no existía ni en el recuerdo.

Inmune a las críticas de aquellos a los que su solidaridad de tertulia no alcanza jamás para actuar pero no inmune a la propia culpabilidad. La liberación egoísta de una presión que nadie sino sus propios prejuicios ejercían, la llevó al por hábito contritivo de seguirlo cada tarde para asegurarse de que llegaba sano y salvo a casa.

Y así él se convirtió en foto fija en el retrovisor de ella y ella en el enigma de la cotidianidad imposible de él.