Sentado ante mi tienda, recordaba el momento en que mi mujer y yo decidimos enterrar pasado y proyectos entre los escombros y cambiar aquel presente imposible por la probabilidad de un futuro; a secas, sin calificativos. Fue el mismo día en que bombardearon la universidad donde enseñaba literatura clásica, el mismo en el que una 7,62 del ruso corto reventó el pecho de mi hijo; jamás sabré cuál de las seis cabezas del monstruo la escupió. Ni me importa.

Entonces un delegado de ACNUR que visitaba el campo se acercó a saludarme. No pude reprimir responderle: “Caribdis, I presume?”