“¡Jaime!”, exclamó el anciano junto con su último aliento. Jaime, hijo secreto, fruto de una relación inconfesable. Jaime, de quien solo sabía que trabajaba en un banco y que vivía solo, en el centro. Contritio in extremis.

Cada mañana, desde hace años, la hija que lo cuidaba se cruza siempre con el mismo hombre; se observan furtivamente, día tras día, sin saber el uno nada de la otra. Incógnitos y recíprocos testigos mudos de patas de gallo, canas y michelines. Acaba la jornada. Ella sube al autobús; él regresa caminando desde la sucursal bancaria hasta su vacío y céntrico apartamento.