Reverberos anaranjados sobre la aparentemente inmóvil superficie del río. La posición en los apenas 400 metros del puente que lo atraviesa, un minúsculo punto en el mapamundi, define si estás en un país o en el otro. Una distancia muy corta para diferenciar lenguas, historias y modos de ver la vida. Estoy mucho más alejado de la gente que vive en el centro de mi pueblo que del “extranjero” y sin embargo… Me siento como si atravesara un túnel del tiempo; apenas un paseo de 10 minutos y el mundo cambia. Cambian las calles, las costumbres, la hora, la cocina, los supermercados, los horarios de trabajo, el idioma… Esta caminata me aporta mi dosis diaria de exotismo, realzado por todos esos productos ultramarinos procedentes de las antiguas colonias a los que, a pesar de que todavía no ha pasado tanto tiempo como para haberse borrado de la memoria de muchos de ellos el olor a sangre y fuego, los locales se negaron a renunciar; su presencia en las estanterías de las mercearías me conduce a un punto lejano en la memoria. Evocaciones nebulosas de una infancia más soñada que vivida. En cualquier caso, esa constelación de objetos dejados atrás por la caída implacable de las hojas del calendario y amnistiados por el presunto progreso conforma un universo que me resulta familiar. Un permanente aroma a brasa de carbón vegetal, jabón fenicado, café y tabaco rubio fluye por entre las apiñadas casas del interior de la fortaleza y me provoca la contradictoria sensación de estar al mismo tiempo en casa y en otro país.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Me siento en una terraza y pido un caabatanado y un maço de SG Gigante. Allí disfruto de olores y sabores, celebro en silencio que el bullicio de los últimos grupos de españoles que vienen a comprar toallas y otras gangas típicas del país confeccionadas en China esté en cuarto menguante. Todavía me queda algo más de un par de horas hasta que cierre la biblioteca así que apuro café y cigarro sin prisa, saboreando ambos. Al terminar pago la cuenta y bajo hasta la ciudad nueva. Casi todas las tardes vengo a leer versiones de autores portugueses en su lengua original. Estos días estoy con El año de la muerte de Ricardo Reis, de Saramago. Gracias al carácter de eurociudad, podría pedirlo en préstamo desde la biblioteca de Tui pero así tengo una excusa para cruzar el puente aunque corra el riesgo de que el libro no esté disponible; siempre puedo hojear otros. Hoy he tenido suerte y el volumen está en su estante, tal como lo dejé ayer.

Hoy tengo una buena tarde; no he dormido la siesta, así que no me acompaña el molesto zumbido de la angustia que me acosa después de despertarme. No es que yo la llame, no. Aparece, no sé si como un aviso, un memento que no consigo asumir por mucho que lo intente, tanto por los medios prescritos como por los no prescritos y los nada recomendables según aquéllos que se dedican a prescribir. Pues bien, creo que hoy podré sumergirme tranquilamente en la lectura. Aún así, entre párrafo y párrafo no puedo evitar observar lo que me rodea: opositores concentrados en sus temarios, estudiantes no tan concentrados en sus apuntes, la ropa tendida del asentamiento chabolista de rumanos junto al río que semana sí y semana no es desalojado por la GNR… Pero al poco rato, afortunadamente, vuelvo mi mirada al libro y continúo leyendo hasta que finalmente avisan de que es la hora de cierre.

Hago el camino de vuelta despacio, como quien pasea para ayudar a digerir una buena cena. A ratos me vienen a la memoria fragmentos del libro y por momentos son mis propios demonios los que me acosan. A veces los unos se alían con los otros y llaman a voces al zumbido recalcitrante y cruel. Medito, por ejemplo, sobre la imposibilidad de crear que padece Ricardo Reis y eso me hace pensar en que algunos vagamos por la vida pensando que en algún momento un ángel, – o un espectro, como le sucede a Ricardo -, se nos aparezca para entregarnos en mano la clave de la existencia. En realidad sabemos que la vida se vende sin garantía, entramos y salimos de ella sin que nadie nos pida permiso y sin derecho a nada. No tiene obligación alguna para con nosotros ni con nada ni con nadie. Es solo un suceso al azar en un rincón infinitesimal del universo. Es una mierda sobrevalorada por nuestra ignorancia y nuestra absurda consciencia del yo. Lo mejor que puede uno hacer si no le toca un papel en el que se lo pase en grande es cosechar todas las endorfinas que le sea posible. Son el único premio que viene de serie con este leve y efímero organismo viviente que creemos a imagen de los dioses que nos hemos inventado para consolarnos con el engaño de que existe otro universo en el que no existe el tiempo y el espacio no es una magnitud insalvable. Comprendo a la gente religiosa, la verdad. Descubrir que el universo estallará en algún momento para volver a crearse una y otra vez es devastador. El vacío y el terror que provoca el descubrir que ni los dioses, ni la historia, ni la memoria, ni la evolución ni ninguna forma de vida que haya existido jamás tienen una fecha desconocida de caducidad y que se desintegrarán como si jamás hubieran sido reales. Ese cataclismo de desesperación precisa de consuelo; unos lo buscan en la fe, otros en la banalidad, otros en las drogas y otros en la vanidad o el poder pero todos procuramos tener cerca un madero que tenga pinta de flotar bien cuando llegue la inundación.

Así, sumido en mis tribulaciones y fumando un SG detrás de otro atravesé la frontera en sentido contrario. En aceras opuestas, casi a cada paso, bares con pantallas LED de muchas pulgadas colgando por todas partes, atestados de gente que habla muy alto casi al oído los unos de los otros. Estoy de vuelta en ¿mi país? Vaya concepto ridículo; en algún momento alguien con poder traza una línea y dice hasta aquí somos nosotros y a partir de aquí sois vosotros. El caso es que el azar quiso que naciera de este lado de la raia y ni puedo ni quiero renunciar a las formas que ha moldeado en mi personalidad esta orilla.

Además, aquí tengo mi casa y mi trabajo. Ninguno de los dos se ajustan en absoluto a los modelos de mis sueños de juventud pero el tiempo te enseña a golpes que no hay peor enfermedad que la del soñador. Te levantas una mañana muy asustado descubriendo que ya eres viejo sin estar preparado para ello, sin saber qué hacer a partir de entonces. ¿Cómo se es viejo? ¿Cuándo se es viejo? Alguien, que seguramente tampoco aceptaba la inminencia de la disolución de su yo en la nada, dijo un día que uno es viejo cuando tiene más recuerdos que ilusiones. Es fácil decirlo, como quien describe la metamorfosis de una oruga pero no hay nada más duro que tener que ir despidiéndote de todas esas cosas que ahora sabes que ya no sucederán jamás. Te ves obligado a reconocer que ya no queda tiempo para las ilusiones y los viejos proyectos, descubres que sólo eran sueños y no sabes qué es más duro , si despedirte de ellos o descubrir que nunca habrían sido posibles. Desde ese día y hasta que cualquier estupidez incompatible con la vida te borre para siempre, la existencia se convierte en un permanente aquí y ahora. A partir de ese momento empiezas a estar un poco más muerto cada día.

Llego a casa y me voy directo al mueble que hace las funciones de despensa. Aceite de oliva portugués y pasta española, huevos caseros de España, leche de Portugal, vino, cebollas y pan portugueses, arroz español, los fiambres, las patatas y el pescado de España. Me preparo una tortillla de patata tan polipátrida como apetecible. Después de dar buena cuenta de ella me sirvo un café, – portugués, por supuesto -, hecho en cafetera italiana y me siento a la mesa sueca a sorberlo tranquilamente mientras suena flamenco en el equipo de música coreano y apuro un cigarrillo portugués.

En realidad toda la casa es una miscelánea de objetos, estilos y procedencias. Muebles rústicos portugueses y escandinavos, lámparas orientales, cristalería de la antigua checoslovaquia, vajilla italiana, menaje sueco. En los anaqueles, versiones en portugués de Delibes mezcladas con traducciones al español de Pessoa. Toda esa mezcla acabó por configurar una micropatria propia, sin una identidad cultural clara. Mi lugar en el mundo en el que no preciso sentirme de este o aquel lado de tal o cual raya. Más que un arraiano siempre me consideré un anti-raiano, más que un ciudadano del mundo, el único habitante de mi propio planeta. Las fronteras, las banderas y los himnos solo están bien para el fútbol y las guerras y ninguna de las dos cosas me atraen en absoluto.

EstanteTerminado el café y la consabida taça de aguardente velha, me lavo los dientes, me pongo el pijama y me voy a la cama. Allí me espera El águila bicéfala, de Antonio Gala, mi última adquisición en una librería de viejo de Vigo (benditas sean las librerías de viejo). Lamentablemente, cada dos o tres páginas la atención se me va lejos de la lectura y hago un repaso mental de lo que fue el día y de lo que me espera mañana en el trabajo.

Mi trabajo; la fuente de mis infantiles accesos de frustración y rabia. El origen de mi soledad. Crecí entre historias y en la ficción todos los personajes tienen trabajos como detective, director de museo, médico, escritor o director de cine. En las novelas y en las películas nadie tiene un trabajo normal. Los fontaneros, operarios de una línea de producción o albañiles no parece que tengan nada interesante que contar, a menos que se les idealice mediante un baño de campechana sabiduría popular, de heroica pasión por el deber cumplido o de estoica resistencia ante los injustos abusos de sus superiores. Eso, y una ración doble de ejemplares moralejas que hagan reflexionar al respetable. Si nos quitas estos artificios no tenemos historia; solo cumplimos una función y vagamos como sombras patéticas de bar en bar en nuestro escaso tiempo libre.

Salimos los viernes de la oficina, del taller, de la fábrica o de la obra en plena algarabía con la ilusión de que tenemos un mundo por delante para hacer lo que queramos, solo que el mundo por delante se reduce a unas pocas horas que se esfuman entre rutinas de vermut, comida, siesta y televisión. Un pestañeo y ya está ahí el lunes con una nueva vana esperanza de que nos toque la lotería o de que, al menos, la semana transcurra rápido y pronto lleguemos a otras insuficientes y banales 48 horas de necesario autoengaño. Si es que contamos con 48 horas.

Pero ¿por qué habría de ser de otra manera? ¿Por qué hundimos la cabeza entre los hombros, recelosos y resentidos con los que parece que se hayan quedado nuestro pedazo de tarta, cuando la verdad es que tal tarta no existe? La felicidad es una actitud, he leído en algún sitio. Es posible. A veces bastaría con dejar de soñar y no desperdiciar ni un solo miligramo de la dopamina con la que el día a día quiera obsequiarte. ¿Pero que sería del hombre sin sus sueños?

Apago la luz, cierro los ojos y voy adentrándome poco a poco, imperceptiblemente, en los míos.